El gran maestro Henri Cartier-Bresson, el ojo del siglo XX, era un apasionado de la Sección Áurea, y podemos encontrarla en sus fotografías. A continuación tenemos una de sus mejores fotografías, “The Var department” Hyères, 1932.
por Gonzalo Vázquez
Érase un hombre a una pantalla pegado, un hombre dirigido, un hombre conectado.
El iPhone dirige sus manos, el GPS su rumbo, Facebook sus ritmos, Twitter sus ojos, Whatsapp sus dedos, iPod sus oídos, iPad sus deseos, Tuenti sus hormonas y la Play sus ratos libres, los pocos que le deja un teclado.
Un hombre que dice estar conectado. Que no repara dónde ni cuándo ni por qué ni si era necesario. Un hombre que fue conectado sin que nadie le advirtiera que tal vez nadie habría más desconectado. Un hombre que empieza a olvidar oler y ser olido, tocar y ser tocado, lamer y ser lamido, oír y ser oído, ver y ser visto. Un hombre sumergido a cada vez mayor profundidad en un océano invisible. Que se complace en perder la carne y hueso. Un hombre que cree sentir libertad porque ha dejado de ver cables. Un hombre sin tiempo ni espacio. Un hombre igual, antes imbécil que digital.
El imbécil digital es un pececillo que va de red en red, como encantado de su captura y hasta de no salir nunca a la superficie, donde se respira aire y no ancho de banda.
El imbécil digital ignora el reposo. En su impaciente frenesí es anodino y volátil. Y tan rápido cree viajar por la red de redes, por las autopistas donde solo bullen sus iguales, que teme toda detención como a la muerte. Prueba de ello es el ‘tic’ que padece su dedo índice y que le impulsa a no posarse nunca en nada. Hechizado, cree moverse. Y contrario al espermatozoide, que al menos lleva destino, el del imbécil digital no consiste más que en seguir creyendo que está sin saber que en ningún sitio, en correr sin preguntase a dónde.
Curioso parecido domina sus relaciones. El imbécil digital no sabe nada del otro. Cree saberlo. Por eso confunde a otros imbéciles con amigos sorprendiéndose luego que desaparezcan a la menor ausencia de la red por cualesquiera razones de la vida, vida externa, la vida molesta, la que ya no importa. Y como la soledad le aterra vuelve aprisa a la fiesta, que tiene prohibido abandonar si no quiere dejar de existir.
Desplazó primero el contacto por el teléfono. Luego el teléfono por el correo. Después el correo por el Facebook. Y ahora prefiere tuitear, hacerlo todo allí. Y el lugar de una palmada en la espalda o una confidencia lo ocupa ahora el privado, el grado sumo de cercanía. No dice gran cosa y eso mismo espera del otro. Eso y rapidez. Porque la respuesta importa menos que su retraso y da igual la plataforma. El imbécil digital no da tregua ni comprende otra vida que la vida de pantalla, mejor cuanto más plana, más simple, más ligera.
Y ahí su lenguaje se parece al del indio en el peso y duración de las señales de humo. Y es que este nuevo individuo repudia lo extenso, lo grave, lo grueso, lo que hasta hace nada teníase por importante. Se da que sumergido a gran profundidad nada odia más que ésta. Por eso él ha menguado hasta caber cómodamente en una pizca de caracteres.
Si se diera el caso de cercanía, de cercanía real, de cuerpo a cuerpo en mesa o corrillos, corre a refugiarse en su aparato, que no suelta ni muerto, y sacude y sacude el pulgar hacia abajo. Su mano ya es un ratón, como esos de laboratorio que giran la rueda sin moverse del sitio ni comprender la jaula. Y hasta puede que a unos palmos del otro vaya a decirle algo y no abra la boca. Lo hará también por pantalla.
Al imbécil digital nada incomoda más que el gesto, la mirada, la cercanía del aliento, la gravedad de la palabra que suplica ser desentrañada. Y como se ve libre de aquello, de forjarse a diario en la vida como el actor en escena, siente una gran comodidad en no ver ni ser visto, en hacerse un espectro sin nombre y apellidos, sin voz ni rostro, sin mayor alma que un nick.
Para este tipo de hombre una buena parte de la humanidad ha dejado de existir. Solo percibe a los de su misma especie. Así reduce el mundo no a la aldea global ni al enfoliado de un mapa, sino a la velocidad de descarga.
Como cree que el mundo es natural, que le ha caído del cielo, el imbécil digital no se manifiesta. Cree poder hacerlo desde cualquier sitio donde el artefacto le lleve. Por eso la ciudadanía le suena anticuada. Ya no es ciudadano de pleno derecho. Éste reside ahora en la mera pulsación dactilar, a la que entrega su liviana voluntad de cambiar el mundo sin saber que el mundo, el de ayer y siempre, es todo aquello que la pantalla no es.
Hace tiempo que el imbécil digital abandonó la televisión. Creyó hacerlo por una instancia superior. No imaginó que la televisión se le acabaría colando también allí, que los amos serían los mismos y que ahora le ordenan abreviarse, reducirse, impacientarse. Por eso a este maníaco instantáneo un vídeo de cinco minutos se le hace también largo.
El imbécil digital ignora la humildad, razón por la que no sabe sí contesta. Por eso se salta veinte, diez o cinco líneas y corre a rellenar de mierda un cajetín que algún otro imbécil, más astuto que él, bautizó con un embuste a título de comentarios. Y como carece de empatía mejor cuanto más daño crea causar. Y da igual su objetivo. Puede concentrarlo en uno o arrojarlo en masa, de madridistas a catalanes, de negros a maricones, de gabachos a tacones.
El imbécil que creó esa herramienta, o peor aquél que la dirige, valora la información no por su peso, su veracidad o su alcance. Sino por el número de imbéciles que ha logrado engañar.
Ese cretino digital sabe, por defecto, lo que es una biblioteca. Nunca pisó una pero se permite arremeter contra no sé qué males del papel. Tal vez piense en árboles y por eso le avergüencen los libros en el metro. Saca entonces su lector electrónico, a no más de dos o tres paradas, tantas como levanta la vista no se sabe si para ser mirado. Ni leía antes ni seguramente ahora. Porque hace con las letras lo mismo que el gorrión con el suelo.
Para el imbécil digital un penalti, un escote o una bronca es información. Y lo demás no le interesa. No le cabe en la pantalla, su encuadre del mundo. Porque este fabuloso progreso de la comunicación acontece cuando más debiera comunicarse sin que nadie predijera que de tan poca entidad.
Al imbécil digital importa mucho su número de seguidores. Ese numerito nunca se ve harto. Y cuantos más tiene más quiere y más por encima observa a los que le quedan a la zaga. En esa fiesta de disfraces se invita y se ignora en forma de retuit. Y como en toda fiesta pagana arriba se hace por afinidad y abajo por interés, como si estos últimos pudieran sacar algún rédito del famoso al que persiguen dejando el mismo rastro que la babosa en la hierba.
Ese nuevo hombre sabe, también por defecto, lo que es un bolígrafo. Pero no usarlo. Y morirá sin escribir una sola carta. Porque el imbécil digital ni sabe escribir ni ser escrito. Y así tampoco hablar y ser hablado. Ese joven, por ejemplo, ese hijo de la era comunicante, anhela tomar algún día a una chica. Pero no ha llegado a decir algo, ni bonito ni feo, a una sola de ellas. Tal vez espere hacerlo algún día al través de la máquina.
El imbécil digital cree que las nuevas tecnologías le liberan del peso de la edad. Porque ahí dentro la experiencia, el conocimiento o la sabiduría es la jerarquía que menos importa. Le trae al pairo la madurez o la arruga. De hecho en tanto no digitales experimenta un intenso desdén hacia ellas. En esto se parece al imbécil analógico, el imbécil de siempre cuya necedad informa sin descanso todos los órdenes de la vida.
Sorprende que este nuevo imbécil no lo sea en su mayoría por constitución. Solo por esclavitud, que en el fondo él mismo se ha dado. Privarle de pronto de su vida aparatosa sería como hacerle caer de la cuna.
El imbécil digital cuenta entre sus mayores logros desmentir la pareja como último refugio.
No conviene confundir a este hombre que nada en la era digital, que en ella se pega refrescantes chapuzones, con el ahogado. Por eso, pese a insinuarse ya en buen número, este digital imbécil no es aún hombre de nuestro tiempo.
Solo se va echando encima.
Aunque en la filosofía occidental el conocimiento es indisociable del observador individual, existe una corriente secreta, la psiconáutica, que explora lo real desde diversos estados de conciencia: porque la verdad no puede ser percibida y comprendida desde un único punto de vista.
Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie ahí para escucharlo, ¿hace ruido?
A partir de Aristóteles, y posteriormente y más profundamente a partir de Descartes, la filosofía y la ciencia occidental se han sustentado en la idea de que el sujeto, tal como es, está en condiciones de obtener el conocimiento total y verdadero de la realidad a partir de lo que es capaz de percibir y analizar, sin necesidad de que se deba operar en su percepción o en su consciencia transformación alguna. Es decir, independientemente de las condiciones formales y las reglas del método que se deban respetar, la verdaden su totalidad, para el pensamiento occidental, se presenta llana y naturalmente a la percepción y a la mente analítica del investigador (incluidos los instrumentos empleados por el investigador para expandir el alcance de sus cinco sentidos) sin comprometerlo a este en su propio ser, en la estructura de su propia consciencia, la cual ya se considera adecuada y plena para tener acceso a la verdad.
Esto ha sido el modo natural de concebir el conocimiento para la cultura occidental, al menos hasta el surgimiento de los distintas formas de relativismo posmoderno, desde la epistemología hasta la teoría lingüística, en las que todo lo que era denominado “verdad” para la modernidad comenzó a perder valor ontológico o sentido en sí mismo. Hoy en día, parecen decirnos tantos discursos posmodernos, no existe algo como la verdad, solo construcciones subjetivas del sujeto sobre una realidad que le es en sí y naturalmente inaccesible.
Sin embargo, como señaló agudamente el filosofo e historiador de las ideas Michel Foucault en una de sus obras fundamentales, La Hermenéutica del Sujeto, durante todo el extenso período que llamamos Antigüedad y la historia anterior a este, las cuestiones filosóficas del “qué es la verdad” y “cómo tener acceso a la verdad”, así como las prácticas especificas (muchas y muy diversas) de transformación de la consciencia del sujeto para tener acceso a la verdad, nunca se separaron. No estaban separadas para los llamados “chamanes” de las sociedades prehistóricas, no lo estaban para la extensa historia de la filosofía Oriental, ni lo estaban para los filósofos presocráticos, ni tampoco para Sócrates y Platón. Todas las filosofías antiguas postulaban que la verdad total nunca se da al sujeto con pleno derecho sin operarse en su ser, en su punto de vista, una transformación profunda.
La palabra “psiconáuta” significa “navegante del alma (psique)” y, en términos amplios, refiere a la práctica consistente en experimentar y explorar lo real en y a través de diversos estados de consciencia. Este concepto recupera la idea antigua de que la verdad (es decir, la realidad objetiva y completa) no puede ser percibida y comprendida por el sujeto desde un único punto de vista. Desde una perspectiva no-dualista, la división moderna entre “realidad objetiva” e “interpretaciónsubjetiva” carece de sentido, ya que no es posible hablar de puntos de vista ontológicamenteobjetivos y subjetivos sobre la realidad sin separar ilusoriamente al sujeto de la totalidad de lo real de la cual forma parte. Holísticamente hablando, no hay realidades objetivas y experiencias subjetivas de lo real, nuestra percepción es nuestra realidad y todo lo que podemos experimentar es realidad, es una parte efectiva de lo real. De todo lo que podemos hablar es de puntos de vista más amplios o integrales y puntos de vista más parciales o falsos respecto de la totalidad de lo real.
En su modelo neurológico de la consciencia, el reconocido psicólogo, filosofo y psiconauta Timothy Leary planteó que nuestra consciencia posee al menos ocho circuitos cerebrales distintos desde los que puede experimentar la realidad: el circuito de bio-supervivencia, el circuitoemocional-territorial, el circuito semántico, el circuitosocio-sexual, el circuito neurosomático holístico, el circuito neurogénetico colectivo, el circuito de meta-programación y el circuito cuántico no-local, y cada uno de estos circuitos funciona como un “túnel de realidad” distinto para nuestra experiencia perceptiva de lo real, nos da acceso a un aspecto diferente de lo real. En términos generales, nuestra cultura, según Leary, ha avanzado masivamente hasta los primeros cuatro circuitos, quedando un enorme “potencial de realidad” no actualizado. Toda la “verdad” de nuestra cultura se ha constituido fundamentalmente sobre esos primeros cuatro circuitos, dando especial preponderancia al semántico para experimentar y formarse una visión de la realidad.
Pero en términos más amplios, el concepto de “túnel de realidad” refiere a la estructura mental habitual desde la que nuestra percepción funciona. Una estructura formada, primero por nuestro determinismo genéticos y luego, y muy profundamente, por nuestros condicionamientos familiares, sociales y personales, nuestros paradigmas filosóficos y nuestras ideas sobre nosotros mismos y los otros. Nuestro túnel de realidad habitual es la estructura perceptiva de nuestro yo, el centro alrededor de cual este gravita y se define. Al abarcar solo la parte de lo real que entra justamente dentro sus propios límites, nuestro túnel de realidad nos da siempre una visión parcial de lo real, y siempre haymás realidad fuera de nuestros limitados puntos de vista. La búsqueda psiconáutica, para Leary, implica ir más allá de los límites de nuestros túneles de realidad para abrirnos a una experiencia cada vez más amplia e integral de lo real. Siguiendo este enfoque, denominamos “psiconáutica” a la búsqueda, la práctica y la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en si mismo las transformaciones necesarias para ampliar su túnel de realidad, es decir, su experiencia y conocimiento de lo real.
En estos términos, el archiconocido (y casi nunca comprendido) koan zen “si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie ahí para escucharlo: ¿hace ruido?” adquiere su pleno sentido. La respuesta a esta profunda paradoja metafísica, agresivamente molesta para el dualismo de la mente occidental es NO, el árbol no hace ruido. No puede hacerlo, ya que no hay escuchador (sea hombre, bestia u otra entidad) que “realice” ese aspecto de la realidad. Esto trata sobre todo el problema del observador y lo observado, y como el observador es en realidad un co-creador de la realidad, ya que, de hecho, todo observador no es otra cosa que un punto de vista cósmico, un aspecto del universo contemplándose (realizándose) a si mismo. Esto es exactamente lo que Niels Bohr estaba diciendo con la famosa “interpretación de Copenhague” de la física cuántica que tanto exasperó a Einstein y al resto de los físicos aún apegados a los fundamentos dualistas de la vieja escuela aristotélica (el llamado “paradigma de la representación”).
En este sentido, el brillante filosofo holístico Ken Wilber, refiriéndose a la evolución creciente de los puntos de vista cósmicos nos dice: “En la época en que la evolución alcanza el neocórtex (el complejo cerebro trino, con sus correlatos internos, las imágenes, los símbolos y los conceptos), su espacio fundamental se ha articulado en sofisticadas estructuras cognitivas. Estas visiones del mundo incorporanlos componentes fundamentales de los espacios del mundo anteriores -como la irritabilidad celular, los instintos reptilianos y las emociones de los paleomamíferos- pero les agregan nuevos componentes que articulan y desarrollan nuevas visiones del mundo. Recordemos que, en cada uno de esos estadios, el Kosmos parece diferente porque, de hecho, es diferente y que, en cada uno de los estadios, el Kosmos se ve a sí mismo con nuevos ojos y se abre a nuevos mundos anteriormente inexistentes.” (Breve Historia de Todas las Cosas).
Todas las culturas antiguas han cultivado y desarrollado técnicas de transformación de la percepción con este mismo fin, desde el uso de alucinógenos en el chamanismo primitivo y en los cultos de misterios paganos hasta las disciplinas contemplativas del yoga, el sufismo, la askesis griega pre-aristotélica o el budismo zen. Como hijos de una cultura luminosa que en su soberbia se ha auto-restringido a experimentar y comprender la realidad dentro del marco de su único y limitado punto de vista, y como herederos bastardos de antiguas y valiosas tradiciones espirituales a las que la ciencia y las religiones de letra muerta nos han enseñado a menospreciar e ignorar, acaso se encuentra hoy en nosotros la posibilidad de recuperar, de forma responsable e inteligente, estas puertas de acceso a las vastas realidades que, en nuestra miopía, hemos sido educados para considerar inexistentes.
Lectura recomendada:
Robert Anton Wilson, Prometeo ascendiendo (disponible en este enlace).
Kirchnerismo Fractal
A grandes rasgos podríamos definir al fractal por dos principios, la autosimiliridad, esto es la forma constituida por copias mas pequeñas de la misma figura, y por la recursividad de un simple algoritmo hacia el infinito.
Entonces tenemos la unidad funcional mínima, que es la definición de célula, pero también de Unidad Básica, y tenemos un proyecto nacional y popular constituido de forma orgánica y recursiva.
La Organización Fractal mediante el simple algoritmo basado en la profundización de las precondiciones de desarrollo de la Democracia, la Libertad y la Igualdad.

http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/10/110927_ecuador_ley_antimonopolio_accionistas_bancos_medios_.shtml“>http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/10/110927_ecuador_ley_antimonopolio_accionistas_bancos_medios_.shtml
Paúl Mena Erazo
Ecuador
Viernes, 7 de octubre de 2011 
La ley antimonopolio busca cortar aún más la relación entre medios de comunicación y la banca.
Los empresarios de medios de comunicación y los banqueros en Ecuador no podrán tener acciones en cualquier otro tipo de negocio que sea ajeno al ámbito comunicacional o financiero, respectivamente.
De acuerdo con la nueva Ley de Regulación y Control del Poder del Mercado aprobada por la Asamblea Nacional, tal prohibición regirá para quienes posean más del 6% del paquete accionario de un medio de comunicación o de un banco.
Según la llamada ley antimonopolio, los empresarios en ambos sectores tendrán hasta el 13 de julio de 2012 para desprenderse de las acciones que mantengan en otro tipo de negocios; caso contrario, deberán dejar los medios de comunicación o los bancos, según corresponda.
Tal disposición es parte de una serie de normativas establecidas en la ley antimonopolio, la cual busca evitar y sancionar “el abuso de operadores económicos con poder de mercado”.
Al momento esta ley, previo a su entrada en vigencia, está en manos del presidente de la República, de quien se espera que en cuanto a la restricción dirigida a empresarios de medios y a banqueros ratifique lo adoptado por la Asamblea.
Lo dispuesto en esta ley además responde a lo aprobado en la consulta popular del pasado 7 de mayo, en la que se preguntó a los ecuatorianos si se debería prohibir que los principales accionistas de bancos y empresas de comunicación tengan participación accionaria fuera del ámbito financiero o comunicacional, respectivamente.
Desde 2008 se estableció en la Constitución ecuatoriana la prohibición de que banqueros tengan acciones en medios de comunicación. En dicha resolución incidió el recuerdo nacional de la crisis bancaria de los años noventa y de la forma en que ciertos banqueros usaron medios de comunicación que tenían en su poder.
“El enorme peso que tiene el sector financiero en toda economía debe tener límites para que su accionar no someta a las otras esferas productivas”
Paco Velasco, parlamantario oficialista
Pero la consulta popular, y ahora la ley antimonopolio, van un paso más allá no solo al cortar la relación entre medios y banca, sino al disponer que un banquero no pueda ser más que banquero, y que un empresario de medios concentre su participación accionaria únicamente en el ámbito comunicacional.
A decir del asambleísta oficialista y presidente de la comisión legislativa que tramitó la ley antimonopolio, Paco Velasco, lo que se busca en cuanto a la banca es “diferenciar al negocio financiero de otros negocios”.
“El enorme peso que tiene el sector financiero en toda economía debe tener límites para que su accionar no someta a las otras esferas productivas”, dijo Velasco a BBC Mundo.
Bajo esa misma lógica, el oficialismo sostiene que los medios de comunicación deben desarrollarse libres de capitales de otras esferas económicas que puedan afectar su independencia.
“La actividad empresarial periodística tiene legítimo derecho de crecer, pero un medio de comunicación que tenga accionariado proveniente del capital financiero puede fácilmente desviar su independencia, dada la fuerza que tiene dicho capital en toda economía”, aseguró Velasco.
De otro lado, para el director ejecutivo de la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos (AEDEP), Diego Cornejo, lo dispuesto en la ley antimonopolio “puede debilitar a algunos medios de comunicación”.
Cornejo señaló a BBC Mundo que si bien lo aprobado por la Asamblea Nacional pretende evitar posibles conflictos de intereses en la propiedad de los medios de comunicación, a la hora de invertir en la prensa varios empresarios podrían preferir poner sus acciones en otro tipo de negocios.
“No necesariamente la prensa es un gran negocio. Ahora los medios pasan por una etapa difícil, hay más presión, y es probable que varios accionistas salgan”
Diego Cornejo, AEDEP
“No necesariamente la prensa es un gran negocio. Ahora los medios pasan por una etapa difícil, hay más presión, y es probable que varios accionistas salgan”, manifestó.
Cornejo señaló que la restricción incluida en la ley antimonopolio “es parte de toda una política de debilitamiento de los medios independientes”, que según el experto, incluye aspectos como los juicios iniciados en contra de periodistas, “una agresión constante hacia los medios” por parte del gobierno, y la incorporación de diversas disposiciones en la Ley de Comunicación que se tramita en la Asamblea.
En cuanto a la restricción dirigida a los banqueros, el presidente de la Asociación de Bancos Privados de Ecuador, César Robalino, prevé un panorama en el que los accionistas de los bancos pueden resultar afectados.
“La banca ecuatoriana va a seguir siendo solvente, sólida y bien capitalizada”
César Robalino, Asociación de Bancos Privados
Robalino le dijo a BBC Mundo que cuando un empresario prefiera mantener su capital en una empresa no financiera, sea agrícola, industrial o de otro tipo, y quiera vender las acciones que posea en un banco, “no va a haber suficiente demanda para esas acciones en el mercado”.
“Entonces va a producirse una baja o descuentos en el valor de las acciones de ese banco y quienes van a perder a consecuencia de ello van a ser los accionistas principales de dicha entidad”, señaló.
En cualquier caso, Robalino resaltó que aunque lo dispuesto en la nueva ley antimonopolio pueda significar un golpe para los accionistas de los bancos, “la banca ecuatoriana va a seguir siendo solvente, sólida y bien capitalizada”.